And last but not, con la mera intención de dar envidia al personal en general, y a Pablo en particular,

Mi abuela, para mí, fue el retrato de una santa, o mejor dicho, de una auténtica santa. Era una persona, que con todo lo que había sufrido, siempre tuvo una sonrisa y siempre ayudó a todo el mundo. Murió como vivió, con una triste sonrisa en sus labios.
En agosto de 1936 le arrebataron a su marido, un trabajador nato que vivía de su trabajo, dejándola con cinco hijos y esperando el sexto, pero... nunca le pudieron arrebatar su coraje, su valor y su tesón para sacar adelante a su familia. En su casa nunca hubo ni grandes riquezas ni grandes alegrías, pero siempre se respiraba un halo de amor, de cariño, de protección... Supo mantener a su familia unida. Todos la escuchábamos ensimismados las cosas que nos contaba del abuelo Valeriano, que sabía hacer esto y lo otro, como era de generoso para ayudar a los que lo necesitaban y cómo unos canallas le fueron a buscar a su casa, se lo llevaron y lo mataron como a un perro. Entonces se hacía un silencio sepulcral que sólo se interrumpía con un “pero... hay que seguir adelante.”
¡Cuantas navidades silenciosas! ¡Cuántos comentarios indiferentes o hirientes de gente desalmada! Y siempre callando ”porque vuestro abuelo sin ser de nada, vinieron, le llevaron y le mataron”
Una y mil veces nos preguntábamos el porqué, el cómo. ¿Cuántas veces se lo preguntaría ella?
“...Vinieron unos camisas azules en un coche, le sacaron de casa engañándole que le llevaban a declarar y como a muchos más, le llevaron al Monte Torozos y allí le mataron”
Nadie les dio una explicación, nadie certificó su muerte. Pero lo más duro fue que nadie de los que le podían haber salvado, lo hicieron...
Mi madre que entonces tenía diecisiete años y que era la mayor de los hermanos se fue hasta el Monte Torozos a ver si encontraba el cadáver de su padre. Allí, junto a la cuneta se encontró con el horror de la muerte, había unos veinte cadáveres que habían sido fusilados pocas horas antes y que a los asesinos no les había dado tiempo de arrojarlos a las fosas. Un paisano que vivía en la casa del monte, vio a mi madre tan aterrada, que la dijo que marchara para casa que su padre ya estaba enterrado ¡cuántas veces nos ha relatado estas tristes vivencias! Primero a sus hermanos más pequeños, Luego, todos a sus respectivos hijos. Generación tras generación seguiremos haciéndolo, sin odio, pero con pena. Porque mi familia es generosa y sabe perdonar, pero no olvida.
¿Cómo va a poder olvidarlo? ¿Cómo vamos a olvidar que después de matar al abuelo volviesen a saquear la casa? ¿Cómo vamos a olvidar los comentario tan crueles de algunas personas?
Bastante hemos hecho con perdonar tantos años de silencio, de abandono, de humillación y de desamparo. Nadie se preocupó de qué y de cómo vivirían su viuda y sus hijos.
Mi familia, como muchas otras, sí que somos tolerantes y víctimas de un terrorismo permitido, consentido y solapado. Así que ¡BASTA YA! Que mi abuelo ni quemó iglesias, ni mató a nadie. LE ASESINARON A ÉL y lo único que queremos es que algún día se le reconociera públicamente su dignidad como persona y que sus restos pudiesen descansar en un camposanto como el de cualquier ser humano, incluso como los de sus asesinos.
Mª Carmen Llorente, nieta de desaparecido
(y tía mía)
La tragedia del otro 11 de septiembre empezó a gestarse con antelación: para ser preciso, el 4 de Noviembre de 1972, cuando un hombre de estatura mediana, enérgico y seguro habló ante la asamblea de Naciones Unidas. En aquel discurso memorable y anticipatorio que empezaba con un "todos los pueblos al sur del río Bravo se unen para decir basta", Salvador Allende denunciaba el creciente poder de las empresas multinacionales que, al margen de la legalidad y del control parlamentario, amenazaban la existencia misma de los estados y se convertían en una fuerza dominante imposible de controlar con los mecanismos de la sociedad civilizada, pues representaban una idea puramente mercantilista de la existencia y los valores lentamente desarrollados desde la moral y la ética les eran tan ajenos como enemigos.
Su discurso en Naciones Unidas fue minuciosamente examinado por tres inmorales: Richard Nixon, Henry Kissinger y Milton Friedman, un economista de Chicago aplaudido por los "Varguitas" de cualquier pelaje y que hoy defienden el liberalismo económico a ultranza, pero que son incapaces de reconocer el panorama de miseria humana que genera.16 años de terror
El 11 de septiembre de 1973, los militares chilenos recibieron de los Estados Unidos la orden de dar un golpe de Estado y terminar con la vía chilena al socialismo y con la ejemplar democracia chilena. Hubo miles de muertos, desaparecidos, torturados, exiliados: el terror se prolongó durante dieciséis años.
La guerra sucia la hicieron los militares adiestrados por asesores norteamericanos especialistas en combatir al "enemigo interno", adversario para el que no existían convenciones de Ginebra ni hábeas corpus -Guantánamo se experimentó con los chilenos- y la otra guerra, la más sucia, la lideró Milton Friedman y el primer grupo de economistas neoliberales que aterrizaron en Santiago de Chile en 1974.
En 1970, cuando Salvador Allende ganó limpiamente las elecciones que lo llevaron al Gobierno, el índice de pobreza en Chile era del 23 %. El 11 de septiembre de 1973, ese índice se había rebajado a un 12% mediante políticas de empleo que, lejos de lesionar a la industria, hicieron que se mantuviera y aumentara la capacidad productiva y exportadora.
Chile exportaba cobre manufacturado (el planeta se electrificó con alambre de cobre hecho en Chile) y textiles, y tenía una industria de electrodomésticos que gozaba de prestigio en el mercado regional sudamericano.
Friedman sustentaba su teoría económica en la necesidad de mantener un "desempleo natural" y en Chile, además de terminar con la industria nacional, logró que el índice de pobreza subiera hasta un 49% en menos de cinco años. En ese breve tiempo, consiguió que la mitad de los chilenos fueran pobres.
La teoría del neoliberalismo económico inventada por Friedman y los Chicago Boys sólo era posible de aplicar en un país sin oposición, sin sindicatos, sin libertad de expresión y con una población aterrorizada por la represión.
Básicamente, el neoliberalismo económico propone que mediante una elevada tasa de desempleo natural, el trabajo deje de ser un derecho y se convierta en una oferta de trabajo a disposición de un mercado en el que ni los gobiernos ni las leyes deben intervenir.
Mientras mayor es la cuota de desempleados naturales, mayor será la flexibilidad laboral. Y para conseguirlo es menester destrozar la vinculación del Estado con los ciudadanos, sólo así se entienden privatizaciones tan aberrantes como las de la Sanidad pública y la Educación.Así ocurrió en Chile, así intentan que ocurra en todo el continente latinoamericano, así también lo proponen en Europa.
Multinacionales como Repsol-YPF, Telefónica, Telekom son empresas multinacionales que reclaman de los gobiernos, de los estados fuertes que presionen para que los estados débiles no se inmiscuyan en su accionar y exijan garantías para que la tasa de desempleados naturales, de incomunicados naturales, de gentes que viven a oscuras naturales, de no dueños naturales de la riqueza energética se mantenga, crezca, pues ese es su sacrosanto mercado.
Las palabras de Salvador Allende en Naciones Unidas denunciaban la existencia de una fuerza económica cuyo único norte era despojar a los ciudadanos de su historia y sus derechos, de su dignidad y de su futuro.
Hoy, tímidamente, cada gobierno progresista de Latinoamérica retoma el legado de Allende, pues casi todos los pueblos al sur del río Bravo exigen el fin de los desmanes neoliberales y el retorno a políticas justas que consideren la existencia de las grandes mayorías, de los desposeídos, de los condenados de la tierra.
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Por supuesto, una vez desarrollado tan evolucionado método para transformar un país, lo suyo es exportarlo en serie.
Cabría la esperanza de pensar que algo se ha aprendido con el tiempo, pero no
