miércoles, 26 de diciembre de 2007

La burbuja

Un tío va por la calle y se encuentra con un amigo suyo, al que acompaña un perro fantástico. Le comenta lo maravilloso que es el perro y el propietario de éste le dice "pues lo estoy vendiendo. Son dos millones de euros". El amigo le pregunta si está loco, se despiden y se marcha. A la semana siguiente se lo encuentra, ya sin perro. "Lo he vendido", le comenta su amigo, "por dos millones de euros". "¡Dos millones de euros! No es posible", le dice. "Te equivocas, es perfectamente posible. Ahora tengo dos gatos de un millón".

Para los que tienen perro la vivienda no es un problema. Tienen dos millones de euros y cada noche se acuestan un poco más ricos. Pueden pensar en vender su perro de dos millones para comprarse dos gatos de uno, o incluso esforzarse por adquirir un perro de dos millones y medio esperando que mañana valga cuatro y se acuesten el doble de ricos. El problema lo podrán tener, o mejor dicho lo tenemos, los que no tenemos ladrillos (o perros) en propiedad. Algo que sin duda se debe, bien a que somos vagos, bien a que somos unos nihilistas que, por algún extraño motivo, rechazamos la bicoca nacional, esa especie de piedra filosofal que hace millonario a todo el mundo y que da de comer tanto al alcalde como al paleta y al trajeado clon de Fernando Torres que suele currar en las inmobiliarias.

Imaginemos un país en el que los sellos, o los huskies siberianos, fuesen el principal patrimonio de las familias. Que los hogares de reciente creación pagasen entre el 40% y el 55% de sus ingresos a los bancos, que financian las millonarias contribuciones a empresas estampadoras de sellos o domadoras de perros, las que a su vez tienen una red de proveedores que ha generado varios centenares de miles de puestos de trabajo en estas industrias. Buena parte de la riqueza del país no sólo se genera en este sector, sino que también es consumida en este sector. Los precios de los sellos y de los perros se han disparado en los últimos años, agudizando la propensión al consumo de sellos y perros, pero también los niveles de endeudamiento incurrido para comprarlos. Los perros y los sellos crean riqueza y nos dan simpáticos presidentes de equipos de fútbol. El uso que se de al perro o al sello es indiferente. Muchos de los perros no salen de sus casetas, y los sellos, de hecho, jamás se venden. Alrededor de un tercio de las viviendas construidas cerca de mi casa familiar en Burgos están vacías. Pero nos dicen que se revaloriza y somos más felices porque somos más ricos.

Anda como un pato, nada como un pato y vuela como un pato. Sí, un escenario así pinta como una burbuja con todas las de la Ley, como la de los tulipanes del siglo XVII, la de los ferrocarriles del XIX o la de las Terras. Se basan en la creación de una riqueza fictica a partir de aumentos de precios que no son sostenibles. ¡Craso error! La vivienda, dicen, nunca baja. Qué va. Los sellos tampoco bajaban. Al igual que los ladrillos, extrapolaban sus particularidades físicas, medibles en peso y longitud, a sus características como vehículo de inversión. Predecibles y seguras. En 1989 se calculaba que suelo sobre el que estaba construido el Palacio del Emperador de Japón valdría en el mercado tanto como todo el suelo de Canadá. El alquiler de oficina estaba en 3.000 dólares al mes el metro cuadrado. Seguramente se haya estabilizado ahí. Hoy algunas promotoras en la costa lo pasan mal para colocar obras porque, ay, el número de alemanes es finito.

Ante este estraperlo hay gente, políticos, con sensibilidad (más allá de la de sus propios bolsillos) que se plantean el problema de la vivienda. La idea estándar es repartir a diestro y siniestro perros (perdón, pisos) de protección oficial. Debe ser por aquello de creer el ladrón que todos son de su condición. Porque el planteamiento de partida no es la falta de acceso a la vivienda de gran parte de la población de 25 a 35 años, sino un lamento colectivo porque esa pobre gente no participa del gran festín y no puedo hacer lo que yo, que vendí por 60 millones el piso que me costó 30 (aunque el que me he comprado por 65 valía 34). El truco es extender el chollazo. Aunque lo entiendo. Ya nos enseñó don Francisco que nada mejor para domesticar a la sociedad que hacerla pensar que tiene dinero.

Gracias tunante

2 comentarios:

david santos dijo...

Buena postagene, muchas gracias,

tien un buen final de 2007 y un buen año de 2008.

g. neidisch dijo...

"Anda como un pato, nada como un pato y vuela como un pato"
parece que estás describiendo algo sospechosamente parecido a mi ciudad, a Mérida, la de México...
O el Tunante o quien sea.
Vagos o Nihilistas? o Mileuristas?